Poetas, experimentoElizabeth Bishop

Luego viví con la hermana mayor de mi madre, en Boston. Ella era muy devota para conmigo ya que no-tenia niños. En mi relación con los parientes fui como una suerte de invitada. Siempre me sentí de ése modo.

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Elizabeth Bishop

Mensaje por Comun » 10 Nov 2019 12:59

Elizabeth Bishop nació en Worcester, Massachussets, en 1911. Pasó parte de su infancia con quienes fueran parientes de su padre muerto y de su hospitalizada madre. Como Bishop señala con respecto a su infancia: “Mis parientes sentían pena por esa criatura a quien trataban de dar lo mejor. Y pienso que lo hicieron. Viví con los parientes de mis padres en Nova Scotia. También con otros en Worcester – Massachussets –, pero por un corto tiempo pues enfermé terriblemente. Esto fue de los seis a los siete. Luego viví con la hermana mayor de mi madre, en Boston. Ella era muy devota para conmigo ya que no-tenia niños. En mi relación con los parientes fui como una suerte de invitada. Siempre me sentí de ése modo.”

Elizabeth Bishop murió en 1979
https://www.lexia.com.ar/elizabeth_bishop.htm
https://es.wikipedia.org/wiki/Elizabeth_Bishop



El arte de perder

El arte de perder no es muy difícil;
tantas cosas contienen el germen
de la pérdida, pero perderlas no es un desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la inquietud de perder
las llaves de las puertas, la horas malgastadas.
El arte de perder no es muy difícil.
Después intenta perder lejana, rápidamente:
lugares y nombres y la escala siguiente
de tu viaje. Nada de eso será un desastre.
Perdí el reloj de mi madre. ¡Y mira! Desaparecieron
la última o la penúltima de mis tres queridas casas.
El arte de perder no es muy difícil.
Perdí dos ciudades entrañables. Y un inmenso
reino que era mío, dos ríos y un continente.
Los extraño, pero no ha sido un desastre.
Ni aún perdiéndote a ti (la cariñosa voz, el gesto
que amo) me podré engañar. Es evidente
que el arte de perder no es muy difícil,
aunque pueda parecer (¡escríbelo!) un desastre.






Un arte



El arte de perder se domina fácilmente;
tantas cosas parecen decididas a extraviarse
que su pérdida no es ningún desastre.

Pierde algo cada día. Acepta la angustia
de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano.
El arte de perder se domina fácilmente.

Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido:
lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar.
Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.

Perdí el reloj de mi madre. Y mira, se me fue
la última o la penúltima de mis tres casas amadas.
El arte de perder se domina fácilmente.

Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades. Y aun más:
algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente.
Los extraño, pero no fue un desastre.

Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto
que amo) no habré mentido. Es indudable
que el arte de perder se domina fácilmente,
así parezca (¡escríbelo!) un desastre.







Un sueño de verano


Al hundido embarcadero
pocos barcos podían llegar.
La población se componía
de dos gigantes, un idiota, una enana,

un amable tendero
soñoliento detrás de su mostrador,
y nuestra amable patronazgo-la enana era su modista.

Al idiota podía seducírsele
cogiendo unas moras,
pero después las tiraba.
La encogida costurera sonreía.

Junto al mar,
azul igual que una caballa,
nuestra casa de huéspedes estaba manchada
como si hubiese estado llorando.

Extraordinarios geranios
tapaban las ventanas,
los suelos brillaban
con variados linóleums.

Cada noche esperábamos oír
la lechuza cornuda.
Iluminado por la llama en forma de cuerno de lámpara,
el papel que cubría las paredes brillaba.

El gigante tartamudo
que era el hijo de la patrona
refunfuñaba en los peldaños
sobre una vieja gramática.

Estaba malhumorado,
pero ella era alegre.
El dormitorio estaba frío,
la cama de plumas cerca.

Nos despertó en la oscuridad
el sonámbulo arroyo
junto al mar,
y el sueño era audible todavía.


(Traducción: D.Sam Abrams y Joan Margarit)







En los almacenes de pescado

Aun siendo un frío ocaso,
allá abajo, en una de las piscifactorías,
un viejo estaba sentado, cosiendo su red
con su usada y pulida lanzadora
en la luz crepuscular, casi invisible,
de un oscuro castaño violáceo.
Hay en el aire un olor tan fuerte a bacalao
que hace moquear y lagrimear.
Los cinco almacenes de pescado tienen tejados puntiagudos y pendientes
y estrechas y rugosas pasarelas para que no resbalen,
al subir y bajar, las carretillas de los desvanes bajo la cubierta.
Todo es de plata: la pesada superficie del mar,
hinchándose con lentitud como si pensara desbordarse,
es opaca, pero la plata de los bancos,
de las nansas para las langostas y de los mástiles, todo ello extendido
entre las salvajes y afiladas rocas,
tiene un aspecto aparentemente traslúcido,
como las bajas, viejas construcciones con un musgo esmeralda
que ha crecido en los muros del lado de la orilla.
Los grandes cubos de pescado están completamente recubiertos
de capas de hermosas escamas de arenques,
y las carretillas tienen un enlucido semejante
hecho con esta cremosa, iridiscente cota de malla
con pequeñas, iridiscentes moscas arrastrándose por encima.
Sobre la leve cuesta detrás de las casas,
puesto en una escasa y luminosa extensión de hierba
hay un antiguo cabrestante de madera agrietada,
con las dos manivelas despintadas
y manchas melancólicas, como de sangre seca,
allí donde el hierro se ha oxidado.
El viejo acepta un Lucky Strike.
Fue amigo de mi abuelo.
Hablamos del declinar de la población,
del bacalao y del arenque,
mientras espera la llegada del bote del arenque.
Hay lentejuelas en su pulgar y en su chaleco.
Ha raspado la principal belleza, las escamas
de innumerables peces con este viejo y negro cuchillo
cuyo filo está gastado casi por completo.

Abajo, junto al agua, en el lugar
donde se hallan las barcas, sobre la larga rampa
que desciende hasta el agua, los delgados y plateados
troncos están puestos horizontales
al través de la piedra gris,
pendiente abajo, a intervalos de cuatro o cinco pies.

Fría y profunda oscuridad, absolutamente clara,
un elemento no soportable por mortal alguno,
ni siquiera por los peces o las focas... Una foca, una en particular,
la he visto aquí tarde tras tarde.
Sentía curiosidad por mí. Estaba interesada en la música:
como yo, creía en la inmersión total,
tanto que yo solía cantarle himnos baptistas.
También le cantaba
“Mi Dios es una poderosa fortaleza”.
Estaba sobre el agua y no dejaba de mirarme
moviendo un poco su cabeza.
Más tarde desaparecía, y de pronto emergía,
casi en el mismo sitio, con una especie de alzamiento de hombros,
como si lo que ocurría fuese en contra de su mayor sensatez.
Fría, profunda, oscura y absolutamente clara,
el agua clara, helada y gris... Detrás, a nuestra espalda,
comienzan los solemnes abetos.
Azulados, unidos a sus sombras,
un millón de árboles de Navidad están esperando
a que llegue la Navidad. El agua parece suspendida
sobre las redondeadas piedras grises, de un gris azulado.
Yo había visto, una y otra vez, el mismo mar, el mismo,
balanceándose ligeramente con indiferencia sobre las piedras,
gélidamente libre sobre las piedras,
sobre las piedras y también sobre el mundo.
Si sumergieras dentro de él tu mano,
inmediatamente te dolería la muñeca,
empezarían a dolerte los huesos, y la mano te quemaría
como si el agua se transmutase en fuego
que se alimentara de piedras consumiéndose con una llama gris oscuro.
Si lo probaras, primero t6e sabría amargo,
después como salmuera, y al final quemaría tu lengua.
Es como imaginamos que es el conocimiento:
oscuro, salado, claro, móvil, completamente libre,
sorbido de la fría, dura boca
del mundo, derivado para siempre de su pecho rocoso
entrando y retirándose, y, puesto que
nuestro conocimiento es histórico, entrando y fluyendo.

(Traducción: D.Sam Abrams y Joan Margarit)







Discusión


Días que no pueden acercarte,
o que no quieren,
Distancia
intentando aparecer
algo más que obstinada,
discutir discutir discutir conmigo
interminablemente
sin que resultes ni menos deseada ni menos amada.

Distancia:
¿recordar toda aquella tierra
bajo el avión;
aquella línea de la costa,
de anchas playas de arena con poca luz
alargándose sin poderlas distinguir
todo el trayecto,
todo el trayecto hacia donde terminan mis razones?

Días: y pienso
en todo este discordante montón de instrumentos,
uno por cada hecho,
una experiencia cancelando a otra;
cuánto se parecían
a algún horrible calendario
”Saludos de Nunca & Para Siempre, S.A.”.

El son intimidatorio
de estas voces
que hemos de descubrir por separado
puede y debe ser vencido:
Días y Distancia desconcertados de nuevo
y que ya han huido
para siempre desde el amable campo de batalla.


(Traducción: D.Sam Abrams y Joan Margarit)






Gallos

A las cuatro en el oscuro azul plomizo
oímos el primer canto
del primer gallo

justo bajo el plomizo azul
de la ventana,
y enseguida en la distancia

hay un eco, después otro
en la ventana del patio trasero,
y, con horrible insistencia, hay otro

como una cerilla húmeda al raspar
desde el campo de brócolis, y al prender
se añaden todos sobre la ciudad.

Abundantes gritos
vienen desde la puerta del lavabo, desde el suelo
cubierto de excrementos del gallinero,

donde, en el azul borroso, sus susurrantes esposas admiran
los gallos que preparan su pata cruel
y ferozmente miran

con estúpidos ojos,
mientras ascienden desde sus picos
los incontrolados, tradicionalmente gritos.

Desde el fondo de los hinchados pechos
cubiertos de medallas verde y oro,
proyectan dominar y aterrorizan al resto,

a las numerosas esposas que viven
-cortejadas, despreciadas-
sus vidas de gallina.

Del fondo de sus gargantas horteras
es lanzada una orden sin sentido
por toda la ciudad. Un gallo se regodea

al surgir por encima de nuestras camas
desde oxidados cobertizos
y viejos somiers que hacen de vallas,

por encima de nuestras iglesias
donde está posado el gallo de hojalata de la veleta,
por encima de nuestras norteñas casas de madera,

saliendo en tropel desde las laterales
y embarradas calles,
trazando unos mapas como los de Rand McNally:

alfileres son cabeza de cristal,
otros de aceite, purpurinas,
verdes de cobre, azules de antracita,

cada uno un activo
desplazamiento en la perspectiva.
Cada uno gritando: “¡Aquí es dónde yo vivo!”

Cada uno gritando:
“¡Levántate! ¡Basta ya de sueños!”
Gallos: ¿Cuál es vuestro proyecto?

Vosotros, a los que los griegos elegían
para cazar en lo alto de un poste, que luchabais
cuando os sacrificaba, vosotros a quienes se referían

cómo “Muy combativos…”,
¿Qué derecho tenéis a decirnos
cómo hemos de vivir y a darnos órdenes?

¿A gritar “¡Aquí!, “ “¡Aquí!”,
y despertarnos aquí,
donde somos amor no deseado, vanidad, guerra?

La corona de rojo puesta
sobre vuestra pequeña cabeza
la carga toda ella vuestra combativa sangre.

Sí, esa excrecencia da una presencia
más viril que toda esa vulgar
y bella iridiscencia.

Ahora en el aire,
uno contra el otro, cada dos de ellos luchan.
Cae una primera, inflada pluma,

Y uno está volando,
con harapiento heroísmo desafiando
hasta a la sensación de agonizar.

Y el otro ha caído pero todavía
sobre la ciudad
sus arrancadas y sangrantes plumas van a la deriva.

Y lo que cantó ya no importa.
Es arrojado al montón de gris ceniza,
en el estiércol reposa

con sus esposas muertas, con los ojos abiertos, ensangrentados,
mientras las plumas metálicas
se van oxidando.

El pecado de San Pedro fue más grave
que el la Magdalena
que fue sólo un pecado de la carne;

la caída de Pedro es espiritual,
bajo la brusca luz de las antorchas
entre “ciervos y oficiales”.

La vieja y sagrada escultura,
pasado y futuro, todo lo junta
en una pequeña escena:

Cristo está asombrado,
Pedro –dos dedos levantados
hacia los labios sorprendidos- y ambos como hipnotizados.

Pero entre los dos
se ve un pequeño gallo esculpido
en una deslustrada columna de travertino

que tiene al pie la explicación:
gallus canit, flet Petrus.
Hay la ineludible esperanza, el pivote.

Sí, y ahí es donde las lágrimas de Pedro
corren hacia abajo por nuestro gallo
y adornan su espolón.

Con las espesas lágrimas, una incrustación
como en una reliquia medieval,
él espera. Pobre Pedro, enfermo corazón,

todavía no puede adivinar
que aquellos gritos de gallo ya no son la consagración
de que su espantoso gallo significa perdón,

una nueva veleta en la basílica
y en el granero,
y que en el exterior de Letrán

siempre habría un gallo de bronce
sobre un pilar de pórfido
de forma que la gente y el Papa,

pasado mucho tiempo, puedan ver
que incluso el Príncipe de los Apóstoles
había sido perdonado, y para convencer

a toda la asamblea
de que no todos los gritos de los gallos
son “Niega niega niega”.

En la mañana
hay una débil luz que está flotando
en el patio de atrás, y va dorando

los brócolis desde abajo,
hoja por hoja.
¿Cómo pudo la noche acabar en llanto?

Se dora el diminuto,
flotante vientre de la golondrina,
y las líneas de nubes rosadas en el cielo,

el preámbulo del día,
como las vetas errantes del mármol.
Los gallos son ahora casi inaudibles.

El sol sigue subiendo
“para ver el final”,
fiel como el enemigo, o el amigo.


Versión: D. Sam Abrams y Joan Margarit



bishop2.jpg




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https://elpais.com/elpais/2017/04/06/eps/1491429905_149142.html
https://batalladepapel.blogspot.com/2013/11/elizabeth-bishop-gallos-poema.html



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